“Un amor cualquiera”, de Jane Smiley


El dolor, la tristeza, la ira y otras secuelas, propias de un divorcio, marcan de muchas formas el resto de tu vida. El torbellino emocional desatado, la confusión anímica producida, el sentimiento de culpabilidad, cicatrices afectivas que permanecen años; la sensación de pérdida, los sueños incumplidos, la pérdida de la autoestima, sentimientos que te hieren, laceran, que te lastiman a ti, y a tu familia.

El año pasado descubrí a Jane Smiley. Su novela “La edad del desconsuelo”, corta, intensa, atrevida, compleja y realista me marcó hondamente y me llevó a reflexionar sobre la ruptura de los lazos que unen a los matrimonios. “Un amor cualquiera”, sin ser una novela únicamente sobre el divorcio, reincide alrededor del tema, pero desde una perspectiva diferente. Y es que Jane algo sabe, con tres divorcios y cuatro matrimonios en su haber.

“Un amor cualquiera” se publicó originalmente en 1989; Jane Smiley (1949-), escritora estadounidense, miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, autora de una veintena de libros, galardonada con el Premio Pulitzer de Narrativa y el National Book Critics Circle Award por su novela “Heredaras la tierra”.

Rachel Kinsella, madre de cinco hijos, casada con Pat, a quien conoció en la facultad, se enamora de su vecino, con efectos tan devastadores, que veinte años después, la encontramos auditando su alma, evaluando la magnitud de los daños, cuestionándose sobre la justicia o la arbitrariedad de su castigo, de la represalia que padeció por haber mandado a volar por los aires, la idílica vida doméstica que disfrutaba.

Ellen, Daniel, Anne y los gemelos idénticos, Joe y Michael, son las víctimas inocentes -los hijos siempre lo son- de la ruptura. La reacción de Patrick, fue brutal: vendió la casa y cargó con los cinco al extranjero. Pasó un poco más de un año para que Rachel volviera a verlos. La separación no ocurrió de forma pacífica y pasaron varios años de lucha entre ellos para que alcanzaran un estado de tolerancia mutua.

Estamos en 1983, todos, adultos; cada uno con sus penas y alegrías, pero aún abrumados por los rescoldos del pasado. “Un amor cualquiera” ocurre un fin de semana de ese año, en casa de Rachel, cuando Michael regresa a los Estados Unidos después de una estadía de dos años en la India. Joe se encuentra de visita para recibir a su hermano; Ellen, con Jerry, su marido y sus dos hijas, vecinos de la casa materna, se unen y participan en las actividades de bienvenida.

Rachel los observa, los escucha, conversa, y mientras interactúa, recuerda, cavila, reflexiona, y es entre esa agradable y cariñosa cotidianidad familiar, cuando te va revelando sus opiniones, argumentos, justificaciones, sin decidirse a hacérselos partícipes a ellos, a sus hijos, dudando sobre la conveniencia o no, de exponerse y exponerles a ellos lo que le supuso, a ella, la relación con Ed, el vecino, causa, motivo y razón de la reacción de su padre.

Narrada en primera persona, con una prosa exquisita, bella y cadenciosa. Novela realista, corta y muy intensa, con una graduación de tensión en aumento, que te mantiene sujeto de principio a fin. Historia sobre afectos y silencios; de secretos y malos entendidos; acerca de expectativas y fantasías; sobre el deseo y sus efectos; de anhelos y carencias; a ratos conmovedora, por momentos, perturbadora.

Pienso que “Un amor cualquiera” es, sobre todo, un relato sobre como vemos a nuestra pareja y a nuestros hijos, cómo suponemos que ellos nos ven, y del cómo, nos descolocamos todos cuando nos percatamos de la realidad. A ti también te sorprenderá, por ello te la recomiendo sin dudar: “Un amor cualquiera” es una novela que te puede dejar un poso significativo, una experiencia sustancial ¡Te leo!
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